"Andate tranquilo que dejaste memoria.
Andate tranquilo que ya hay letra escrita.
Andate tranquilo que ya me dejaste derecho
y lo que me falta de hecho,
ya va por mi cuenta"
Pablo Mateo Mejía, en la muerte de
su padre el escritor Manuel Mejia Vallejo
"Eres todo en mi vida", "sin tí me muero", "yo no sé que haría sin vos", "los hijos, son lo único en mi vida", etc., etc., etc. Frases que enuncian del ser humano la necesidad apremiante que alguien resuelva nuestra existencia, nuestra angustiosa existencia, mediante un mecanismo harto peligroso -y que se propaga melodiosamente en letras de canciones, telenovelas, en fofos textos-: LA ENTREGA a alguien como fórmula salvadora y solucionadora.
Y ¿No es por esa misma angustia que acaso vamos al sicólogo, consejero, psicoterapeuta, sacerdote, adivino, brujo? ¿Demandarle orientación y consejo, instrucciones para paliar esta vida?. Partiendo del supuesto que ya saben vivirla y entonces, solicitarles la rutina y la receta para: ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debo hacerlo? ¿Cómo lograrlo? Que nos diga que hacemos mal y porqué la "regla de tres" que aplicamos a nuestras vidas no funciona. Y claro, prestos ellos, respuesta tendremos.
Que por la misma, encontramos una miriade de neo-romanticismos de poca monta y valor: Anthony de Mello. Chopra, Gallo, Walter Riso, Mercado, Hermana Eloisa. Todos ellos con un discurso -tufillo- insulso, monótono, falaz, con miles de lectores ávidos de instrucciones, consejos, a cambio de no tener que pensar por sí mismos su propio existencia.
Quienes no hemos desarrollado habilidades literarias en la vida, nos apoyamos en otros que han encontrado en el arte una forma de mostrar la condición humana. Un maravilloso cuento de León Tolstoi: La Muerte de Ivan Illich nos muestra la singularidad que somos -y un poco de luz- ante quien adeudamos la responsabilidad de nuestras vidas.
Casado, con un cargo público normal, con casa, hijos, cada vez mas ambicioso dedica su vida a como mejorar su salario, su casa, etc., etc. Así transcurre la vida de Iván Illich. En palabras de Tolstoi: "La historia de la vida de Iván Ilich había sido sencillísima y ordinaria, al par que terrible en extremo". O como diría Gonzalo Arango: "Organizadita como un teorema"
Iván Illich enferma de muerte a raíz de un golpe en el abdomen un día cualquiera. Y digo bien: Cualquiera, al fín y al cabo todos los dias los vivía iguales. Médicos, reposo, visitas, cuidados y todo aquello en relación a un enfermo. En esa su nueva soledad, inicia una cadena de preguntas fundamentales para el ser humano: ¿Que me pasa? ¿Me estaré muriendo? ¿Ya no podré disfrutar de mi vida? ¿Vida? ¿A qué se redujo mi vida? ¡¡Tengo casa, empleo, esposa... Vaya!!!. Hice todo lo que decían que debía haber hecho en la vida, lo hice... pero... y mi vida? ¿Y qué he hecho con mi vida?.
La certidumbre de la muerte produce inmediatamente una revaloración de la vida. Y es que, ante la abrumadora evidencia de aquella, lo que se impone es preguntarse por la existencia y dado que la muerte es algo singular, contundente y demoledor -pues nadie podrá morir por mí- será por la existencia propia que se hagan todos los cuestionamientos de vida. Por ello Ivan Illich se inquiere por su vida: Había aceptado como naturales e indiscutibles los valores y representaciones dominantes. En otras palabras, Ivan Illich era un hombre mediocre y su mediocridad se vió conmovida cuando la muerte se le anuncia y le goterean preguntas tardías y aplastantes: ¿Y eso fué todo? ¿A esto reduje la vida, a conseguir un título, una mujercita, unos hijitos, una casita y una posición social?
Y para desgracia de Ivan Illich, este solo pensó la muerte y por consiguiente solo apreció la vida como algo digno de maravilla -compleja, profunda y dificil- cuando ya sus horas estaban agotadas.
Hacer algo en la dicha y en la desdicha- es posible para quien se ha inquirido por la vida. Para quien desee llenarla de contenido. Inquirirse por la vida no es problema de viejos o de enfermos o de condenados a muerte, es problema de los vivos aún con toda su salud.
Vivir es riesgoso pues nuestro actuar tendrá consecuencias y tendremos que asumir la responsabilidad de lo que decimos, hacemos, vivimos, amamos, tanto por omisión como por acción. Debemos responder por lo que hagamos o dejemos de hacer. Y a ello no todos se comprometen por miedo, por temor a errar y a fracasar. Sí, vivir es muy riesgoso. Entonces, para evadir lo que acarrearía nuestro actuar, se lo dejamos a otros. Que otros me den la respuesta de lo que yo deseo. Y entonces en sus vidas no pasa nada, ni siquiera la vida. Para morir solo se necesita estar vivo dice el refrán popular, esto es, la muerte no es solo cuestión de viejos, enfermos o sentenciados a muerte.
En ocasiones se observa que el ser humano no sabe que hacer con su tiempo. Pareciera que estuvieramos encartados con el tiempo y entonces se inventan los famosos pasatiempos o matatiempos; como si la vida misma no tuviera elementos suficientes para hacerla intensa y productiva y que para salir del aburrimiento -en una sociedad deprimida, aburrida como la nuestra- vamos compulsivamente a la diversión, al "programa" como alternativa o tendermos ciegamente a las manias de la moda.
Hay a quienes la vida les pasa sin darse cuenta.
El tiempo, lo más preciado en tanto que es finito, es quien valoriza profundamente la vida. Una vida donde el tiempo no tiene hilo, no está conectado: El pasado es tiempo perdido, el presente es una instantaneidad y el futuro no corresponde a la vida, es una vida vaciada de significación y entonces tendrá una "concepción negativa de la felicidad" -como expresara Nietzsche-, pues la lucha no se justifica y entonces evade: No tener problemas, no tener angustias, no tener dolores, no tener preocupaciones, en una palabra ESTAR MUERTO, El Nirvana.
Por ello es fundamental pensar de manera propia la propia vida. Llenar de significación la propia existencia, de contenido nuestro actuar. Apresurarnos a vivir. Y no cómo dicen algunos, como si fuera el último dia de mi vida, sinó aprovechando cada momento con responsabilidad, ética, de manera renovada y singular, guiada por el deseo y como diría Carlos Mario Gonzalez, salirnos del "uniformismo acrítico y seguidista, que deniega la verdad singular del sujeto".
